Dr. Alejandro Calvo

¿Qué es la memoria y cómo puedo mejorarla?

La memoria debe ser entendida en un sentido amplio. No solo la usamos cuando tenemos que aprender un número de teléfono o para encontrar el lugar donde guardamos las llaves o para aprender la lección de historia. A la memoria, en realidad, la utilizamos para todo; literalmente.


Si, por ejemplo, debemos ir a trabajar, entonces tenemos que, en primer lugar, reconocer que esa es una obligación que hay que cumplir, pues las normas laborales nos impiden que faltemos al trabajo sin justificación. Debemos, también, saber que para trabajar hay que cumplir una serie de normas sociales de aspecto personal, por lo que, antes de salir, debo darme tiempo de asearme y vestirme como corresponde. Luego de estar listo para salir, subo a mi auto para manejar hacia el trabajo. Entonces, debo recordar espacialmente hacia dónde debo manejar mi vehículo (de lo contrario, me perdería) y debo, obviamente, recordar cómo manejar el auto, lo cual a su vez implica el conocimiento de una serie de automatismos que me permiten manejar sin tener un accidente y respetando las normas de tránsito. Al llegar a mi trabajo debo reconocer (saber quiénes son) a mis colegas y jefes y debo ejercer mi oficio con normalidad (fuera cual fuese), para lo cual tengo que poner en uso toda la información que he adquirido en mis años de preparación académica (desde el colegio hasta la universidad). Además, debo planificar mi trabajo pendiente y debo clasificar las tareas que son más urgentes para darle prioridad. En el trabajo, desde luego, debo cumplir las normas sociales de respeto y no puedo, por ejemplo, sacarme los zapatos y subir los pies sobre el escritorio. Y este ejemplo podría seguir mucho más, pero para efecto de lo que pretendo explicar es suficiente.


Entonces, como puede entenderse, para todas las actividades antedichas se necesita la memoria. De manera análoga puede deducirse que la memoria no tiene un lugar definido y delimitado en el cerebro, como si fuera un disco de memoria, sino que está inmersa en la totalidad del encéfalo. Si se altera el lóbulo temporal izquierdo, la persona olvidará cómo entender o emitir el lenguaje (afasia) y si, por ejemplo, se lesiona el cerebelo entonces se perderá la información que nos permite caminar (que aprendimos durante nuestra infancia) y olvidaremos cómo hacerlo.

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Reconociendo así a la memoria, en un sentido amplio, inferimos que la mejor manera de fortalecerla es entrenando específicamente la habilidad que queremos desarrollar. Si, por ejemplo, deseamos mejorar nuestra destreza tocando la guitarra, la única manera de hacerlo es practicando muchas veces y por un largo tiempo. Así, gradualmente, las conexiones nerviosas que hacen que mueva los dedos y las manos y mantenga el ritmo de movimiento se irán fortaleciendo poco a poco, hasta que se consoliden en conexiones profundas que se mantendrán a lo largo del tiempo (no será necesario que se vuelva a aprender a tocar guitarra a pesar de que se deje de hacerlo por mucho tiempo). Lo mismo puede decirse de manejar bicicleta y un largo etcétera. Para la memorización de cifras o nombres sucede algo similar: a aquellas personas que trabajan diariamente haciéndolo les resulta más fácil aprender en el corto plazo este tipo de información. Los mozos de restaurantes que tienen que tomar muchas órdenes desarrollan este tipo de memoria y pueden recordar con facilidad los pedidos al detalle. El desarrollar un tipo específico de memoria no implica que se desarrollen los demás (los que saben bailar muy bien quizá no puedan tomar las órdenes de un restaurante sin apuntarlos). Por eso, para mejorar la memoria hay que entrenarse específicamente en el área que deseamos mejorar.

 

Por otro lado, la memorización de información nueva depende en gran medida de la información previa que se tenga almacenada en el cerebro. Es decir, mientras más se sepa de algún tema, más fácil será aprender algo nuevo que esté relacionado. Sigamos con el ejemplo del guitarrista. Si una persona sabe tocar guitarra le será más fácil aprender a tocar otro instrumento como, por ejemplo, el piano. Debido a que ya posee en su sistema de memoria información respecto las notas musicales, el tiempo del compás, etcétera, podrá usar esa información como base para ingresar a su memoria la información de cómo tocar el nuevo instrumento respecto a otra persona que no sabe tocar ninguno y que quiere aprender a tocar el piano. Es decir, mientras más información tengamos en nuestro sistema de memoria, más fácil nos resultará aprender nuevas cosas. Por eso es importante mantenerse en el hábito de la lectura y de la cultura general.

 

Finalmente, y quizá lo más importante, es el aspecto de la motivación. Mientras más motivados estemos por un tema, mayor será la facilidad con la que lo aprenderemos. Si hemos ingresado a un nuevo empleo, el cual hemos deseado mucho, los primeros días estaremos tan motivados por hacerlo bien, que con facilidad vamos a poder recordar detalles de los quehaceres que debemos realizar. Si nos sentimos muy a gusto de aprender inglés entonces de seguro lo aprenderemos con mayor facilidad a que si estamos obligados a hacerlo, pero sentimos desagrado de estudiarlo. De la misma forma, la relación de la motivación con la memoria se entiende también en el sentido de la reacción emocional que tenemos frente a un determinado suceso. Por eso podemos recordar eventos que consideramos importantes en nuestra vida como el nacimiento de uno de nuestros hijos o cuando ingresamos a la universidad o eventos muy desfavorables como si nos asaltaron alguna vez, pero somos incapaces de recordar otros eventos más recientes, pero a los que no consideramos tan importantes. Es decir, mientras más motivados estemos, mayor será la cantidad y calidad de información que podamos memorizar.

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Desde el punto de vista de las enfermedades neurológicas, la demencia es un estado en el que el paciente pierde diferentes tipos de información cerebral al punto de hacerlo dependiente de otras personas.

 

Cualquier enfermedad que dañe difusamente al cerebro puede conllevar a una demencia. Un accidente cerebrovascular, como un infarto cerebral, no llevaría a una demencia y solo se vería afectada la función comprometida. Si se trata del área visual podría tener ceguera de la mitad de su campo visual, por ejemplo. Sin embargo, si se presentan múltiples infartos cerebrales a lo largo del tiempo, poco a poco se perderán diferentes funciones encefálicas y el paciente terminaría en un estado demencial. Es decir, si los accidentes cerebrovasculares afectan de manera difusa al encéfalo entonces el paciente terminará en un estado demencial. Lo mismo puede decirse de cualquier otra enfermedad que afecte globalmente al encéfalo: la encefalitis, las encefalopatías epilépticas, las metástasis cerebrales, la esclerosis múltiple, los trastornos hipóxicos cerebrales, etcétera.

 

La enfermedad de Alzheimer es la demencia por antonomasia. En ella se desarrolla un proceso degenerativo que lentamente daña a todo el cerebro, de tal manera que en las fases finales de la enfermedad el paciente es incapaz de valerse por sí mismo para cualquiera de sus actividades. En su inicio, la enfermedad de Alzheimer produce alteraciones de un tipo específico de memoria, llamada memoria anterógrada. Usamos esta forma de memoria para recordar lo que va sucediendo en nuestro día a día. Si tomamos tostadas con leche en nuestro desayuno podremos recordarlo más tarde si nuestra memoria anterógrada funciona correctamente. De lo contrario, seremos incapaces de saber, siquiera, si hemos tomado desayuno. Poco a poco, estos olvidos se irán acentuando al punto de alterar el desempeño normal de la persona: ya no podrá recordar si ha tomado sus medicinas o lo que le dijo su familiar. Pero de la enfermedad de Alzheimer me explayo en otro artículo.

 

Escrito por el Dr. Alejandro Calvo (derechos reservados)